Sandra Leiva P.
Todavía no abre el kiosko de la esquina. Claudio y Pamela están sentados en la vereda. Ella, entre carcajadas, dismula el nerviosismo. Él, en cambio, no está "ni ahí" con los resultados de la PAA. Si le va mal, estudiará cualquier cosa o bien dará el exámen del año próximo.
Una historia que se repite año a año. Se sufre, es cierto: 790 puntos para ingresar a medicina en la Universidad Católica y 830 para estar "bien seguro" en la Universidad de Chile. Son sólo números, pero, números que definirán el resto de tu vida.
Lo cierto es que, si para muchos quedar entre los treinta y ocho mil cupos que ofrecen las universidades tradicionales y los 18 mil de los privados significa que el mundo se derrumba, para otros, esto no ha sido un problema para alcanzar el éxito.
La receta parece ser insistir hasta conseguir lo que siempre se ha querido; buscar subterfugios y caminos más largos, pero, llegar a la meta,; algo así como el "self made man" o "el sueño americano".
Por lo general cuando se habla de inteligencia se la tiende a relacionar con una persona que posee habilidades intelectuales: memoria, razonamiento lógico-matemático, lenguaje amplio. En fin, el estudiante de siete, el mateo del curso.
Pero esa inteligencia no asegura una vida existosa. Tampoco un título profesional. De hecho, un joven que ha obtenido un alto puntaje en la PAA no será en la práctica más inteligente que uno que haya obtenido 500 puntos.
La inteligencia no es sólo discernimiento y raciocinio, sino que está fuertemente vinculada a las emociones. Nuestros actos y decisiones, están ligados a los sentimientos, que a veces, cuentan tanto o más que el pensamiento.
Por esto, la formula del éxito parece estar dada en la combinación equilibrada de la cabeza y corazón. Eso explica que la amiga inseparable de la enseñanza media, con notas bastante mediocres llegó a ser una talentosa comerciante o aquel amigo "con ventaja" de los fines de semana -que apenas bordeaba el 4- terminó siendo un famoso pintor y padre de cuatro hermosos niños. Una familia feliz.
Por el contrario, el superinteligente, que descolló en la PAA, se covirtió en estudiante y profesional mediocre, frustrado y disconforme. Inestable, incapaz de mantener una familia, un desastre. A él, está claro, le faltó inteligencia emocional.
En la actualidad padres y estudiantes sufren presionados por el sistema. Los primeros compiten por los mejores colegios, aquellos que aseguran el ingreso de sus hijos a los mejores planteles, y los segundos, se estresan tratando de mantenerse adentro y no defraudar a sus padres. Si no obtienen el siete se exponen a ser mal evaluados y algunos a cambiar de colegio.
La competencia y la presión llega al límite cuando padres, profesores y alumnos tratan de buscar soluciones químicas, y tal como el universitario tomaba café con coca cola para estudiar toda la noche, hoy lo padres llevan a sus hijos al neurólogo para que les recete ritalín o alguna pastillita mágica que pueda resolver el problema.
Las cifras son reveladoras. Sólo a nivel público en Chile se atienden entre 6.000 y 7.000 pacientes al año. Y no se trata de niños o jóvenes que sufran de trastornos al sistema neurológico. Es la "neurosis" de sus propios padres obsesionados por tener hijos exitosos la que lleva a consultar especialistas con la esperanza de hacerlos rendir más y mejor. Como una vaca lechera.
Al parecer la gente ha olvidado que las habilidades se distribuyen de manera aleatoria en la población y es imposible que el 80 por ciento del curso tenga un 6,5, recalca una psicóloga infantil de Santiago.
Entonces ¿hasta dónde es recomendable exigir?. En la actualidad se parte desde el Prekinder. Pequeñitos, ellos comienzan a estresarse entre lágrimas y loncheras: pruebas para entrar al jardín, otros tests para ingresar al colegio ideal y otros más para seguir allí. Cursos de computación, inglés de reforzamiento, ojalá algunos cursos de pintura y gimnasia en el mejor de los casos. Mientras más, mejor.
Como dice una reconocida psicopedagoga, no hay que olvidar que para algunos niños la nota cinco encierra un gran esfuerzo. Presionar a que sólo exhiba "MB" en la libreta podría asegurar el camino al éxito, pero también, la antesala para una seguidilla de citas semanales con psicólogos, psicopedagogos y neurólogos.
La actriz Tamara Acosta ha cosechado un éxito tras otro como actriz. Comenzó con pequeños papeles en teleseries y terminó sobresaliendo en películas chilenas como "El desquite" o "El chacotero sentimental".
Sin embargo, al terminar cuarto medio, en 1989, en sus planes no estaba el teatro; por el contrario, deseaba ser periodista. Rindió dos veces la PAA -en la que tendía a quedarse dormida- y los resultados fueron espantosos: no pudo entrar en la Universidad. Las matemáticas le jugaban un mal rato. Debió, entonces, continuar estudios superiores en una academia.
Y si bien hoy reconoce que tiene problemas con sumas, restas, multiplicaciones y divisiones -a menos que use una calculadora- éso no ha sido impedimento para transformarse en una actriz de exportación. Así es la vida.