CRÍTICA.— Bin Ladenes aficionado a ordenar asesinatos a una distancia segurayllamarlo combatiente es un insulto a los héroes del pasado.
El autor intelectual de los atentados del 11-S es el villano narcisista más sobreestimado de todos los tiempos y ni siquiera posee la fascinación de otros asesinos. Su charlatanería coránica son los devaneos de un payaso.
CHRISTOPHER HITCHENS
En "Hombre invisible" de Ralph Ellison, el narrador habla de un profesor autoritario y amenazante, de quien dice: "Ya sea que él nos agradara o no, nunca abandonaba nuestros pensamientos. Ése era un secreto de liderazgo".
Durante los últimos cinco años, he estado meditando sobre un hombre que realmente logró ponerse un manto de invisibilidad. He tratado de leer la mente y el estado de ánimo de Osama Bin Laden.
He observado innumerables fotografías de sus dedos largos y delgados y sus ojos grandes y suplicantes. Me he preguntado qué es lo que quiere, incluso qué es lo que necesita. Me he preocupado por su salud -creyendo en un punto que incluso podría haber muerto- y he estudiado los rumores sobre su diálisis (probablemente sin base) y su posible síndrome de Marfan que amenaza la aorta (más probable, y una afección que tal vez comparta con Abraham Lincoln).
Aprecio mucho una polera con sus rasgos impresos, que compré en un desagradable y hostil bazar en la frontera afgano-paquistaní cuando aviones estadounidenses estaban cambiando el panorama físico en torno a las cuevas de Tora Bora, refugio que el terrorista tenía en las montañas entre Afganistán y Pakistán.
La pureza del odio puede ser más fina y fuerte que el amor. Cuando las personas hablan con soltura del "otro", me burlo de su facilidad de expresión pero sé lo que quieren decir. Para mí, Bin Laden es el otro. Es el enemigo de todo lo que yo quiero y el emblema de todo lo que odio. No puedo soportar la idea de que, cuando él muera en medio de la agonía, humillación y derrota, no estaré presente para observar su cambio de expresión y verlo vaciar el vaso amargo de la vergüenza.
No hablo en serio. Es una desgracia que una nación juiciosa, civilizada y poderosa como la nuestra tenga que sufrir accesos de pánico ante el espectro de tal espíritu demoníaco. Osama Bin Laden es el villano narcisista más sobreestimado de todos los tiempos y ni siquiera posee la fascinación de un Charles Manson. Su charlatanería coránica son los devaneos de un payaso.
Cuando se trataba de una lucha real, dejaba a un lado la corona del martirio y escapaba. Es el niño mimado o posiblemente abandonado de una dinastía rica y vulgar y se hizo un nombre como el operador de una corporación multinacional fraudulenta que ahora se conoce por el nombre jactancioso de Al Qaeda. Es el jefe hipócrita de una familia criminal de tercera categoría y, como tal, es aficionado a ordenar asesinatos a una distancia segura. Es una pústula repugnante en el trasero de sórdidos regímenes -desde Arabia Saudita hasta Sudán y Afganistán- con los cuales ha disfrutado de no más que una relación parasitaria. Llamarlo un combatiente de guerrilla o un insurgente es un insulto para la valentía de héroes populares del pasado. Una mayoría de sus víctimas han sido camaradas musulmanes y sus peroratas altisonantes contra todos los cristianos, los judíos, los hindúes y librepensadores lo condenan finalmente a la insignificancia y derrota como también a la desgracia.
Le hacemos un favor al especular de un modo febril sobre su escondite. El hecho de que es un fugitivo debería disminuir su mística, no intensificarla. Es irritante darse cuenta que él fue incubado dentro, no fuera, del perímetro de nuestras supuestas alianzas, y que probablemente todavía disfruta de un grado de protección de los altos círculos en Arabia Saudita y Pakistán.
Sin embargo, el enfrentamiento con la jihad era inevitable con o sin él. Si lo capturaran ahora las fuerzas estadounidenses y si no fuera por la necesidad de hacer justicia por todas las víctimas del 11 de septiembre de 2001 -y el recinto de la ONU en Bagdad y los turistas australianos en Bali y los pasajeros de tren españoles en Madrid- preferiría verlo confinado de por vida a un pequeño pueblo en Alaska o Montana o en el área rural de Nueva York o de Virginia, con una radio de onda corta a través de la cual seguir entregando sus sermones. Aprenderíamos rápidamente -como lo hicimos con el patético Zacarias Moussaoui, el único condenado en Estados Unidos como cómplice de los secuestradores de los aviones que chocaron contra las Torres, el Pentágono y el cuarto avión que cayó en Pittsburgh- a superar nuestro temor asfixiante a tales monstruosidades.
A veces me he permitido una reflexión adicional inquietante. ¿Qué pasaría si, el 11 de septiembre de 2001, él nos hubiera hecho a todos un favor? La idea es repulsiva pero hay que enfrentarla.
Hasta esa fecha, la connivencia entre los talibanes y las autoridades paquistaníes no era ni siquiera subrepticia, sino cálida y sin problemas. Había incluso simpatizantes de Al Qaeda en el programa nuclear paquistaní. En otras partes del mundo, las fuerzas islamistas estaban haciendo incursiones silenciosas y furtivas desde Holanda hasta Indonesia. Pero hace cinco años "explotó" la conspiración y se cayeron las máscaras, y se empezaron a crear anticuerpos en nuestros sistemas.
En cualquier parte que Bin Laden esté ahora escondido y grabando sus cintas cada vez más extrañas, no puede ser el lugar donde soñó estar cuando se reía al ver seres humanos saltando a la muerte con su ropa y cabellos en llamas. Y en cualquier parte que esté en cuanto a lugar físico, en lo que se refiere a tiempo está en el siglo VII. No olvidemos esta ventaja.
Mucho depende de nuestra habilidad para negar una ideología que en forma abierta y con placer maligno celebra la muerte por sobre la vida. Éste es un proyecto cultural como también militar. E impone una gran obligación. No hay que cometer ninguna acción precipitada o cruel que implique la vida contra la muerte. No tenemos que comportarnos como si este personaje depravado nos tuviera asustados, porque el temor es la madre del pánico, y de "medidas extremas".
Nuestros delitos y errores son desfiguramientos, mientras que los de él son rúbricas. Pero, a diferencia de él, no tenemos prisa porque un retorno al siglo VII es imposible, y la derrota de sus avatares es segura.